La botella echada al mar

Es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan.
Hebreos 11:6

Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros.
Santiago 4:8

 

Una niña que vivía en la costa del noroeste de Inglaterra había metido un papel con su nombre y dirección en una botella y la había lanzado al mar. ¡Qué sorpresa se llevó cuando seis meses más tarde recibió una carta de un niño australiano que había encontrado la botella en una playa! La probabilidad de que esto sucediese era mínima. ¡Imagínense los múltiples obstáculos que encontró esta botella, llevada miles de kilómetros por vientos y mareas!

En francés, en el lenguaje corriente, la expresión «echar una botella al mar» significa pedir auxilio en medio de la desesperación, incluso si la probabilidad de ser oído es mínima. Algunas personas oran a Dios como echando una botella al mar: «Nunca se sabe, intentarlo no cuesta nada», piensan. Quizás este sea su caso, querido lector. Entonces permítame decirle que sí, cuando hablamos a Dios él oye cada una de nuestras palabras. Además sabe todo sobre nosotros, nos ama tal como somos y a pesar de lo que somos. Pero esto no significa que apruebe todo lo que hacemos.

Orar a Dios es querer entrar en contacto con él, esperar una respuesta de su parte, y por lo tanto estar dispuesto a escucharle. Dios se revela a un corazón sincero, a un alma honesta que lo busca. Quizá mediante una conversación con un cristiano, o por un acontecimiento particular; pero también, y sobre todo, mediante la lectura de la Biblia. ¡Leerla es descubrir lo que Dios, que es amor, hizo por nosotros!

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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