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(Jesús dijo:) La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.
Juan 14:27

Un vacío en el corazón

Una revista que promueve las prácticas de relajación muestra a una persona sentada, con las piernas cruzadas, las manos abiertas sobre sus rodillas y los ojos cerrados. Inmóvil, esta persona hace el «vacío», tratando de olvidar así todo lo que la angustia o la carga en su vida.

Viendo esta foto me doy cuenta del privilegio inestimable del cristiano. ¡Qué inmensa gracia conocer al verdadero Dios por Jesucristo, poder comunicarse con él como lo hace un hijo con su Padre! En lugar de buscar ese pretendido vacío, en una forma de recogimiento centrado sobre uno mismo, puedo orar a mi Salvador, quien me ama y me escucha. Tengo la libertad de contarle mis preocupaciones, aquello que me oprime y me inquieta. Tengo el gozo de darle las gracias. Solo él puede llenar mi corazón y darme una paz interior real, que nada ni nadie me pueden quitar.

El que conoce al verdadero Dios y su amor mediante Jesucristo el Salvador, no necesita practicar métodos que pueden esconder un real peligro. Insidiosamente estas prácticas podrían hacernos abandonar el control de nuestras facultades mentales para dejarlo a merced de poderes ocultos. La tranquilidad y la serenidad inducidas por esas técnicas de relajación, que actúan en los pensamientos del hombre y en su comportamiento, no tienen nada que ver con la paz que da el Espíritu de Dios: “El fruto del Espíritu es amor, gozo, paz...” (Gálatas 5:22). Solo Cristo puede liberar de sus angustias a un corazón, para llenarlo de su amor.

“Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado; permaneced en mi amor” (Juan 15:9).

Lectura: Job 21 - Hebreos 9:1-14 - Salmo 127 - Proverbios 28:1-2

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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